lunes, 26 de marzo de 2012

Enamorado

Entro en un grupo que conocí recientemente, un amigo y yo comenzamos una competición musical y se añaden otras personas, entre ellas, ELLA.

Comienzo a sentir que hay una corriente diferente, que la sensibilidad es un credo mutuo, próximo. Me aproximo más y se crea un clima cálido, acogedor, ignorado y conocido, extraño y común. Y más tarde escuchamos nuestras voces hasta cortarse la comunicación, hasta dejar exhaustos los teléfonos. Ya deseo conocerla de piel, de olor, de miradas... Quizás el roce de sus manos que adivino hermosas.

Está mediado el mes de febrero ¡bendito febrero!

Y el veintiuno, por la tarde, a las cinco, nuestra primera cita. Esa en que todo puede volar por los aires, como ya pasó alguna vez, me aferra más a ella. Es más cálida aún y el brillo de sus ojos causa vértigo.

Exploramos la geografía del lugar porque donde habíamos quedado aún no está abierto. Nos detenemos en una cafetería que ya no olvidaremos (Cafés Caliente). Y allí, enzarzados en descubrirnos el uno al otro y viceversa, siento el arrebato de robarle un beso. Y lo hago.

Después nos trasladamos al sitio original, al de la cita. Y ya todo es diferente en mí, y lo siento como un vendaval corriendo por mis venas. Hay complicidad, confidencialidad, ternura... Y reímos, y hablamos, y volvemos a reír. Y quiero otra cita, más proximidad, tener la oportunidad de mostrarle más cómo va creciendo como una enredadera en mi interior.

Ella tiene ensayo. La acompaño. Ese paseo ya es inolvidable, está cogido al corcho de mi memoria con una gran chincheta que lo sostiene en primer plano. Nacen los besos como manantiales ávidos de llegar al gran río. Quedamos para ir juntos a la tertulia al día siguiente.


Desde entonces forma parte inseparable de mis sentimientos, de mis pensamientos, de mis pulsos. Mi goleta la gobiernan dos pares de manos. Bajo mi toldilla no reposan solos mis pensamientos, que ya son tan míos como suyos.


Hace más de un mes que nos amamos, que compartimos cuanto somos. Ya no más dos, sino en el respeto a la libertad de cada uno, uno solo.


Y tenía que venir a decirlo, a dejar que el viento de levante lo envuelva en el velamen de esta goleta que tanto tiempo navegó en solitario. Ya no soy yo, sino YO ENAMORADO.


Shhhhhhhh


Que quede entre nosotros

sábado, 4 de febrero de 2012

Mi gato, mi amigo... Su recuerdo.


Vino a mí en los comienzos de mi, ya no sé cual, andadura en solitario.

M me habló de “ella”, de que su prima había visto una gatita merodeando por el taller. Y le dije que sí, que para mí.

En la primera visita al veterinario descubrí dos cosas, una graciosa, la otra aterradora. Era gato, no gata; y era portador de un virus para el que no existía solución.

En aquel instante, en que apenas se habían comenzado a desarrollar los afectos, lo comenté con el veterinario: no sufriríamos ni él ni yo. Cuando la enfermedad diera la cara, nos diríamos adiós.

Desde entonces, hace más de 3 años, nuestra vida ha sido idílica. Él era mi amigo, un amigo muy especial. Tierno, nunca esquivo, juguetón, amable, humano... Exigía sus dosis de caricias, de cariños, como también lo hacía yo.

Hay momentos en mi vida que ya no volverán a ser momentos. Estoy escribiendo y con el rabillo del ojo creo verlo sentado cerca de mí observándome. Cuando estábamos juntos en casa no pasaba demasiado tiempo sin que viniera a hacerme compañía, o sin que lo hiciera yo.

Se sentaba en el pasillo, cerca del quicio de la puerta. Cerca como para observarme pero no tanto como para importunar.

Hizo algunas trastadas que resolvimos con algún azote del que ni siquiera me acuerdo. La primera vez, después de correr por toda la casa se refugió en uno de los baños y allí, arrinconado, me plantó cara bufando y enseñando los dientes... Eso fue todo. ¿Al amo? -Le pregunté- ¿Eso se lo haces al amo? Y agachó la cabeza sumiso esperando lo que fuera. Dos, tres veces... Eso fue todo en tres años. A veces repetíamos los gestos para solaz y acababa cogiéndolo en brazos y besándolo.

Tenía un tercio del sofá para él solo y uno de los sillones del salón. Sus platos de comida y agua aún siguen en la cocina. Ni siquiera sé cuándo tendré fuerzas para retirarlos. Su nuevo cuarto de baño, que sustituyó a la tradicional bandeja, apenas lo utilizó un par de meses. Y en cada uno de esos rincones, lugares, momentos, lo veo. Con sus ojos llenos de ternura y calidez.

Un día descubrí que no estaba. Fue al levantarme. Aterrado lo busqué por todos los rincones. En esa época uno de los ventanales del salón estaba abierto. Y allí, en el alféizar de la ventana, estaba él tomando el sol... Hasta que no llegaba de verdad el frío, desde entonces, siempre tenía un ventanal abierto para él, para que escudriñara esa calle que lo había visto llegar y que nunca más volvería a pisar.

A veces le dejaba la puerta de la calle abierta y se asomaba al rellano. Nada más. Daba media vuelta y volvía a su hogar, a éste que él tanto amaba.

Hace unas horas, cuando regresé por primera vez a casa desde el día en que murió, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Al abrir la puerta ya no salió a recibirme y echarse en el suelo panza arriba demandando mis caricias, ésas que lo habían abandonado por unas horas. De nuevo las lágrimas han trepado a mis ojos desde lo más hondo y ya me han acompañado buena parte de la tarde.

….....

Han pasado días desde que comencé esta nueva entrada y con ellos, la parte más difícil. Cada vez que abro la puerta lo imagino recibiéndome, cada vez que me siento en el sofá miro hacia su espacio vacío y me lo imagino mirándome e iniciando su marcha hacia mis piernas. Días difíciles.
Cocinar es una práctica que me place y ahora, en partes iguales, me atormenta. Siempre que lo hacía, él venía a hacerme compañía, esperando alguna chuchería que se escapaba para él, y se me hace muy difícil mirar hacia abajo y no verlo.

¡Ay, Dios, las clementinas! Siempre que las ponía sobre la mesa de la cocina, con hojitas, eran el centro de sus juegos. Luego me encontraba las hojas por cualquier parte. Cómo lo quiero en esta soledad, cómo lo extraño.

Tengo que parar de cuando en cuando porque las lágrimas me impiden ver lo que escribo. Mi Ruby, mi adorado Ruby, mi amigo del alma. Ése que no me traicionó ni una sola vez, ése que sabía más de lealtad que cualquier animal de dos patas. Ése con quien tanto he querido.

Todavía pienso en cómo dejo las cosas, y desgraciadamente ya da igual. No está. Antes era muy fácil que olvidara un plato de embutido sobre la mesa y él jugara con su contenido. Jugar, que no comer. Esos gestos a los que no prestamos atención y que él ponía de relieve porque los transformaba en juegos, en pequeñas rencillas... La etiqueta de una pieza de embutido que al dejarla sobre el banco, colgaba y ya estaba él abalanzándose sobre ella.

Por las mañanas, nada más poner el pie en el suelo, me encaminaba a la galería y desde allí le urgía “Ruby, ven que te ponga guapo”, se ponía en el quicio de la puerta de la cocina, me miraba y echaba a correr hacia mí, y entonces lo cepillaba mientras lo colmaba de halagos; guapo, precioso, príncipe mío... Todo comenzó cuando pensé en cepillarlo sin saber cómo reaccionaría, ese primer día, con mimo, casi rozando su pelo con el cepillo, le decía ¡qué guapo, qué guapo mi Ruby! De ahí que cada vez, le llamara con la misma expresión... “ven que te ponga guapo”.

Por las noches existía otro ritual. Comencé a comprar jamón de york en lonchas finísimas y cada noche le troceaba dos. Unas veces se las daba trozo a trozo, yo en cuclillas y él, a cada trozo apoyando una de sus manos en mi muslo y con la otra bajándome la que contenía el jamón, con sus almohadillas, nunca con las uñas. Y otras, las más, se lo ponía en su plato para los premios no sin invertir algún tiempo en juegos, como ponerle algún obstáculo mientras lo echaba en el plato y él rodeándolo para meter su cabeza inmediatamente en el plato... ¡Dios, cómo nos divertíamos!

Son miles de historias, de detalles, de situaciones, vividas con tal intensidad, con tal nobleza, con tal alegría, que no creo que puedan repetirse nunca más sin él.

Cuando alguien llegaba a casa era su amigo inmediatamente, sin recelos. Todos quedaban sorprendidos de su calidez, de su ternura.

Tendría que emplear lo que me queda de vida en contar qué es para mí ese trozo de paz, ese pedazo de alma, ese copo de ternura, esa gota de amor, que fue, es y seguirá siendo siempre, mi Ruby, mi amado Ruby. Ya la tengo, la que sea, para recordarlo siempre.

Sus cenizas están en un cofre sobre el mueble del salón, delante de ellas, una foto suya. Esperándome.

Que quede entre nosotros

sábado, 24 de diciembre de 2011

Amigo

Así estuve a tu lado en el último viaje, amigo, como el amigo que he sido y seré siempre.

No había remedio y lo sabes. Era sufrir un día sí y el otro también. Algo que habría enturbiado la maravillosa relación que mantuvimos durante tres imborrables años.

Te pinchó el veterinario y nos dejó solos. Cogí tu mano con una mía y en la otra descansé tu cabecita. Me aproximé a tus oídos y te dije cómo te quiero. Una y mil veces, hasta que expiraste.

Las lágrimas me ahogan todavía, pero salpicadas con tus mil diabluras y tu nobleza singular. Mañana no habrá lágrimas y sólo quedará la alegría del tiempo vivido.

Fuiste, eres y seguirás siendo, ejemplar. Noble, dulce, bueno... Jamás una amenaza, siempre amor.

Recuerdo tus juegos (la gente se asombraba de tus hazañas con tu pelota). Con la picaresca que ibas a ocultarte al despacho, esperando que te la lanzara.

Ahora no sé cómo llenaré esos espacios. O sí, con el recuerdo de todo lo hermoso que me has dado. Con el de todo lo bello que me has dejado vivir a tu lado.

Has partido con la promesa de esperarme. Porque allá donde estés, iré a buscarte.

Te quiero y te querré toda mi vida.

Que quede entre nosotros

viernes, 23 de diciembre de 2011

Adiós, mi pequeño Ruby









Hacía meses que no venía por aquí aun echándolo de menos, pero hoy, hoy viernes, no quiero dejar pasarlo; no que los vientos se lleven su recuerdo en el velamen de mi goleta.

El pronóstico de su médico se ha hecho realidad, en horas. Desde anoche hasta ahora en que sólo quedan un par de ellas para decirnos adiós, su cambio ha sido monstruoso. Ya no está alegre, sus ojos han cambiado de color y una baba espesa le cuelga de ambos lados de su boca.

Aquí nos despedimos, compañero. Aquí comienza la andadura del recuerdo, de éste que guardo y guardaré de ti hasta que realice la última travesía y me vaya a tu lado.

¡Cuánto hemos querido! Nada tiene más importancia que tú y yo, que nosotros. Estos tres años a tu lado han sido enormes, mágicos, llenos de alegría y de generosidad, complicidad y amor.

Todo queda atrás contigo. Con la espuma de popa te desvaneces físicamente y creces mucho más en mi corazón y mi memoria.

Has sido y siempre serás mi amigo, mi compañero. Leal, entregado, dispuesto siempre a recibir una caricia y una palabra amable.

No quiero pensar siquiera, para no empañar tu recuerdo, quién te trajo a esta casa.

La vida a tu lado ha sido un regalo de los hados. Sólo hay belleza y armonía en tu memoria. Y estas lágrimas son el tributo que los humanos pagamos por esa separación física que nunca entendemos, pero sabes que mi corazón, mi querido Ruby, está tan lleno de alegría por cuanto hemos vivido, que nada va a empañarla. Son debilidades de los humanos.

Navegaré mil mares más, me enfrentaré a tempestades, a días plácidos; mas siempre estarás a mi lado, junto a mí, jugueteando entre mis piernas y reclamando una caricia más. ¡Me has dado tanto!

Te quiero, te quiero. Nos queda poco, amigo. Y sin embargo, toda la eternidad.

Que quede entre nosotros

viernes, 2 de septiembre de 2011

El calor me mata



Hace más de un mes que no vengo por aquí. Ni siquiera la brisa marina me animaba a escribir. Ha sido un periodo de mucha calma -primera fase-, y mucha actividad -segunda-.

Durante este tiempo me he hecho un millón de preguntas sobre este entretenimiento mío, y al final me he dicho: no debes hacértelas, las cosas pasan cuando deben pasar.

Dejarlo NO, porque significa renunciar a decir lo que siento donde nadie puede oírme, o casi nadie.

Pero tampoco me encontraba con ánimos para decir nada, NADA con mayúsculas.

 Echo de menos el otoño, el invierno. Esas estaciones que invitan al cobijo, a la intimidad; y con ellos, la necesidad imperiosa de manifestarse, de decir... Ojalá fuera mañana.

Las cosas por mi país, por éste del que tanto me avergüenzo; siguen igual, o peor. Los indignados siguen su travesía del desierto mientras la policía, como en otros tiempos, se explaya a su gusto. Imágenes del pasado en el presente y la conclusión de que las cosas no cambian, basta que no hagamos lo que esperan de nosotros para que nos den como siempre.

El Papa nos visita para las jornadas mundiales de la juventud, y nuestro gobierno, en crisis de todos los colores posibles, le echa una manita en forma de euros. Y eso que somos un estado aconfesional. Mientras, él y sus acólitos, olvidan que en África (no digo sólo Somalia), la gente sigue muriendo de hambre.

Los amos del mundo siguen presionando. Las agencias de calificación nos sitúan al borde de la miseria (¿quienes son las agencias de calificación sino ellos mismos?). Y para frenar esa caída vertiginosa, nos arrodillan más aún. Ahora la precariedad del empleo se prolonga como una devastadora incógnita de supervivencia. Menos derechos.

Mi hija va a ser madre y mi corazón se exalta sólo con imaginármelo. Hice una escapada breve para no perderme ese estado tan maravilloso. Me aterra el mundo que le espera, la sociedad que nos están ayudando a destruir.

Pese a todo sigo feliz, tremendamente feliz. Adaptándome camaleónicamente a los tiempos, aunque siempre con esa sonrisa que tanto me gusta poseer. A esa felicidad contribuyen mis amigos y mis amigas, esos pocos elegidos que se dejan querer y que, regalándome lo mejor de la vida, me quieren.



Sigo maravillándome de mis cualidades como cocinero. Durante este tiempo he ensayado con especias en algunos platos y los resultados han sido sorprendentes. Es algo que, como otras muchas cosas, debo a mi madre; el amor a los fogones. Siempre que cocino está conmigo, a mi lado; como cuando aún habitaba este mundo.


Mi hermano del alma se distancia, no sé si deliberamente, pero lo hace. No sé qué hacer, qué decir, para que sintamos esa química que siempre nos ha abrazado. No se pueden ni se deben forzar los sentimientos. Yo siempre estoy.


Esta tarde en que el cielo ha derramado sus primeras lágrimas de este tórrido verano, he sentido la punzada alegre de la necesidad de venir aquí. Espero que sea un aviso del otoño que se avecina. Lo deseo.


Y con todo, siempre,


Que quede entre nosotros

miércoles, 27 de julio de 2011

Follad, follad, que el mundo se acaba

El mundo está loco, loco, loco. A la paupérrima situación económica de los hogares se une la locura. La locura de un sin nombre, aunque lo tenga, de origen asesino aunque noruego. Es preciso hacer ese matiz porque el pueblo noruego es educado, correcto, cálido; y estos pequeños adolfos pueden nacer y criarse en cualquier sitio. Yo creo que los medios de comunicación no deberían dedicarle ni una sola línea. Por eso yo no voy a citar su nombre.

Cuando un ser humano enferma mentalmente hasta ese grado, alguien debe haberse dado cuenta previamente. No sé, vecinos, relaciones, el cartero... En fin, alguien debía saber de sus macabros pensamientos y su fascismo exacerbado.

Sé que debe ser difícil denunciar un hecho así, pero mucho más difícil es recomponer cientos de corazones que están sangrando por la brutal actuación de un “salvador”, que eso es en definitiva lo que pretende o pretendía ser.

Por eso es preciso, es necesariamente urgente que la gente tome conciencia de que no debe dejar pasar un instante de felicidad. Nunca postergarlo al día siguiente. Ser feliz hoy, ahora, es una obligación.

Porque no sabremos jamás si otro loco -y los hay a cientos-, tiene la feroz idea de hacerse notar a costa de la vida de ciudadanos normales y corrientes como nosotros. Su notoriedad a costa de nuestras vidas.

Seamos prácticos. Seamos asquerosamente sinceros y no dejemos para mañana lo que podamos hacer ya, ahora mismo. Y, desde luego, no abandonar el rumbo de ser felices pese a todas las zancadillas que ya se encargan de poner quienes ostentan ese irrespetuoso poder de hacernos la vida cada día menos fácil.

Abracémonos, besémonos, hagamos del amor un credo y de todas sus herramientas, nuestro rumbo. Hagamos el amor, o menos pulcro aunque no menos correcto, follemos. Por los que no lo podrán hacer nunca más. Se lo debemos, nos lo debemos.

Que quede entre nosotros

martes, 12 de julio de 2011

Asesinos, sinvergüenzas y navegación

Han asesinado a Don Facundo Cabral. Lo conocí a través de aquellos trovadores anónimos (argentinos, chilenos, bolivianos...), que desgranaban su poesía y la de Larralde, Atahualpa, Dávalos, Guaraní..., en aquellos locales que en los años 70 del siglo pasado se denominaban "peñas".

Lo han asesinado dicen que por error, porque el objetivo era el empresario que conducía el coche y que lo había invitado a pasar unos días en Guatemala.

Los sicarios de quienquiera que sea que ponga dinero para matar, son asesinos, sólo eso. Y no debería existir nadie tan sucio, tan vil y tan artero. Pero nunca callarán su voz que seguirá viviendo para su vergüenza en el corazón de quienes amamos la poesía, la libertad y la razón.

La subasta de un manuscrito original de la partitura de Recuerdos de la Alhambra, de Francisco Tárrega, ha quedado desierta. Estos sinvergüenzas de gobernantes de pacotilla que se casan con dios y el diablo para enriquecerse, salir en las primeras páginas de donde sea y decretar prohibiciones; se habrían gastado los 80.000 Euros con que arrancaba la subasta en cualquier mierda de evento que les permitiera un minuto de gloria, diez segundos ante las cámaras, cualquier cosa que los hiciera sentir modernos y tal y pascual... Sé lo que habría hecho en las mismas circunstancias, cualquiera de los países que forman nuestra cacareada unión europea. También sé el respeto que sienten estos majaderos por la cultura. Éste es un buen ejemplo.


Y mi navegación bajo estos tórridos calores, continúa firme y alegre. Me gusta sentir que mi capacidad de dar se multiplica y que sus frutos, aun no esperados, se presentan de mil formas. "A" retoma el contacto conmigo y de nuevo vivimos esa proximidad que habíamos alcanzado.


Aprecio la caricia amable de mis amigas y mi disposición a vivir en paz con quien se aproxime a mí. ¡Es tan fácil! No se trata de poner la otra mejilla, sino de no mostrar ni violencia, ni mezquindad, ni rencor, porque alguien rectifique su voluntad de hacer las cosas. A veces nos encrespamos por nada; porque el derecho a ser libres es lo que más deberíamos valorar y atesorar, en nosotros y en los demás. Y si esa voluntad, el ejercicio de ese derecho, aleja a personas que creímos próximas, debemos ser más felices aún. Porque a nuestro lado no eran dichosos y porque ahora, presumiblemente sí lo son. Es la capacidad de elección del ser humano lo que deberíamos aprender a respetar. Porque sé hacerlo desde el fondo de mi alma, soy más feliz.

Sólo echo de menos la calidez de mi querido hermano.

Que quede entre nosotros

lunes, 27 de junio de 2011

Hace un año

Hace un  año ahora. Hoy, dentro de apenas una hora comenzó el principio del fin... Después de un maravilloso fin de semana que dibujó ella misma, con sus colores, con una voluntad no torcida. Mientras se alejaba, me envió este mensaje: 

 
"Amor mio,te quiero con toda mi alma,junto a ti soy tan feliz y hoy por hoy tengo las cosas tan claras, que no quiero perderte".

Así es como lo recuerdo ahora, un año después, una vida después. Porque somos mil vidas, miles de encuentros en los que nos involucramos hasta perder la razón, el rumbo.

Desde entonces mi goleta navega sola, sin ningún otro navío que se aproxime a su costado para algo más que no sea abastecerse. Desde entonces mi mirada, que se empañó en lágrimas durante meses, se pierde en el horizonte clara, limpia, sin otro fin que no sea hallar lugares donde ser más feliz, donde reír más y tratar de hacer reír a los demás. En un cajón del dormitorio aún reposa su pijama, esperándola, aguardándola.

Hace un año hoy, y quise venir a estas páginas a recordarlo.

Que quede entre nosotros

miércoles, 8 de junio de 2011

Desconcierto y, por extraño que parezca, felicidad.

Desde mi última vez por aquí ha llovido y han sucedido una serie de cosas que han dejado más maltrecha aún mi doliente economía.

Primero, las gafas; después, la moto; más tarde, la tv... Y como dicen que no hay dos sin tres, ya me hallaba yo tan tranquilo pensando que se había acabado. Pues no, hoy, aquel maldito aprendiz de Mengele ha vuelto a la palestra. Comiendo con mi hermano he notado algo raro en la boca y ¡¡¡otro implante a la mierda!!! (Dios, qué hijo de puta). En fin, que con dos bodas al caer, tengo que correr para que me hagan algún remiendo que al menos me deje visible y con ganas de reír (aunque no las haya perdido, sino por estética).

En todo este maremágnum, "A" manifiesta sus intenciones de posesión y claro, entiendo que no ha comprendido nada en todo este tiempo. Soy libre. Y feliz. Y feliz porque soy libre. No quiero "pertenecer" a nadie, sino ser libre con quien así lo entienda. ¿Qué tendrán que ver los afectos, la ternura, el sexo; con la idea de posesión? A estas alturas de mi vida, si las cosas no hubieran sucedido como lo hicieron hace ya casi un año, yo estaría viviendo en pareja; pero tal y como veo la vida hoy es más que improbable que pase otra vez.

Me encanta la sensación de navegar con el viento azotándome en la cara, la cubierta baldeada de mi goleta; no hay mancha, no hay maldad. Soy un navegante.


Y a través de las redes, llega una persona destrozada y despierta en mí ese sentimiento de protección que tan arraigado tengo (y me gusta). Cuando me doy cuenta estoy inmerso en una situación un tanto dantesca pero sigo adelante dando mi ayuda y todo lo que soy. Y esa persona llega a pensar que algo tan profundo, tan arraigado como el amor por mi hermano del alma; puede zozobrar. ¿Por qué la gente no se conforma con sus pensamientos, sus ideas y sus palabras? ¿Por qué quiere ser tan protagonista que piense que puede quebrar un amor que nace de lo más hondo del corazón y la memoria? Ni lo entiendo ni lo entenderé nunca.


Y por todo, por ser consciente de la calidad y la intensidad de mis sentimientos; pese a haber tenido que cambiar de gafas, reparar la moto y dejar la tv de adorno -por cierto qué bien se está sin ella, siempre pienso en la canción del jefe 57 canales y nada en ellos-; soy inmensamente feliz.


Soy consciente de que algo muy grande ha pasado en mi vida. Ese octubre me ha dado una paz que no cambiaría por nada ni de este mundo, ni de otro que pudiera existir.


Ea,


Que quede entre nosotros

martes, 24 de mayo de 2011

Las lágrimas

Vienen e inundan nuestros ojos, como torrentes producto de esas impredecibles lluvias; en definitiva del dolor de nuestros recuerdos.

Me estoy quedando sin cigarrillos y mi nota tendrá la brevedad que requiera la urgencia en hacerme más. Me gusta esta etapa de artesano que ya dura casi un año, como me gustan tantas y tantas cosas en mi transcurrir diario. Hoy, nuevamente me sorprendía con un gesto simpático y limpio, un nuevo guiño ante el espejo. Esa imagen que no vemos de continuo pero que llevamos como estandarte. Soy feliz y se nota. Lo siento permanentemente.

Si pudiera evitar esas lágrimas ajenas me derramaría en propias. Sé que es fácil decirlo, pero también sé de dónde emana esa voluntad. Es fruto de recuerdos hermosos y cálidos, de tiempos indelebles al paso del tiempo. Si pudiera hacerlo, lo haría.

Lo haría ¡voto a bríos!, sin dudar, con el coraje con el que domeño las tempestades que han azotado mi navegar en el último año a punto de cumplirse. Lo haría con la misma ternura, con el mismo afecto, con el mismo cuidado de siempre. Por Júpiter que lo haría.


Poco importa mi libertad y mi risa si a quienes quiero y llevo en mi corazón, lloran. Porque sus lágrimas secretas y calladas inundan mi corazón como el agua desbocada asola las cosechas.


¡Ay si pudiera!


Que quede entre nosotros