
Allá por los ochenta, lo conocí. A través de un compañero. Él tenía urgencia en que alguien le picara su Tesis Doctoral. Nos arreglamos y al finalizar habíamos establecido una cordial amistad. Él estaba solo y, después de aquello, algún domingo hube de saltar de mi sillón para salvarle sus urgencias... "Mis sobrinas me han dejado tirado..., no me pasan la bibliografía, o el índice... O yo qué sé". Y yo estaba junto con mi hermano del alma, como cada miércoles, en la reunión del Círculo, arropándole, dejándole jactarse de sus "hermanos".
Su popularidad (sería injusto decir que no es un excelente artista), fue en aumento... Premios, conferencias, exposiciones...
Y la familia a la que antes le importaba poco menos que nada, ésa con la que discutía con frecuencia porque eludían sus responsabilidades y le colocaba en situaciones crispantes y marginadas; se fue haciendo sitio a codazos. Y él se dejó querer. Es justo. Es la familia.
Lo que no es justo es olvidarse de quienes estuvieron siempre con él, a las duras y a las maduras, y en muchas ocasiones arrebatándole de su soledad, compartiendo charlas, risas, mesa y mantel.
Ayer agradeció mi felicitación de su último compleaños con saludos y nombre y apellidos. Se acabó.
Yo miro la sombra que reflejo con el sol a mis espaldas y veo más sombras. Ellos están ahí, conmigo, siempre... Pase lo que pase. Nadie los quiere más que yo. No quieren a nadie más que a mí. Cuanto más conozco a la gente, más quiero a los perros.
Soy feliz.
Que quede entre nosotros
