Queremos compartir las risas, el placer, una buena comida, unas gélidas cervezas (Nekane, perdóname por nombrarlas), pero no deseamos compartir el dolor, la soledad, la tristeza.
Cuando manifestamos todos estos sentimientos, ni tan negativos como nos querrían hacer ver en algunos foros, ni tan constructivos como nosotros nos empeñamos en creer; es sólo la necesidad de que escape la presión, de que no estalle nada en nuestro interior… Es, la válvula de escape.
Y no porque no quiera hacer partícipes a mis amigos, a quienes vienen a esta cubierta que trato de mantener prudentemente limpia para recibirles. No. Quizás si pudiera evitarlo, lo haría. Pero el fin es soltar lastre, quitar presión.
Es posible que, sin embargo, sean precisamente esos escritos en que lo negro nos envuelve y la desesperación o la desesperanza (los hados sabrán qué es peor), se ciñen a nosotros como un vestido invisible, los que nos aproximan más a la gente. Quizás porque nos definen como lo que en realidad somos: vulnerables.
No entiendo que haya más profundidad en la pena que en la risa, aunque coincido con mi querido hermano en que son los estados de melancolía, de nostalgia, los más fértiles para mostrar lo mejor de nosotros (también en mi caso). Pero me gustaría que de cuando en cuando, en público, también como parte importante de nosotros mismos, nos echáramos unas risas, compartiéramos unas risas.
Y hoy, para tender un puente, no voy a despotricar contra esos energúmenos que se empeñan diariamente en jodernos el día. Me recuerdan esos mensajes en cerámica que hay en algunos baretes y que atraen mi atención en cuanto los veo: “Hoy hace un día espléndido. A que viene un gilipollas y lo jode”. Así de simple, así de rotundo.
Que quede entre nosotros
Cuando manifestamos todos estos sentimientos, ni tan negativos como nos querrían hacer ver en algunos foros, ni tan constructivos como nosotros nos empeñamos en creer; es sólo la necesidad de que escape la presión, de que no estalle nada en nuestro interior… Es, la válvula de escape.
Y no porque no quiera hacer partícipes a mis amigos, a quienes vienen a esta cubierta que trato de mantener prudentemente limpia para recibirles. No. Quizás si pudiera evitarlo, lo haría. Pero el fin es soltar lastre, quitar presión.
Es posible que, sin embargo, sean precisamente esos escritos en que lo negro nos envuelve y la desesperación o la desesperanza (los hados sabrán qué es peor), se ciñen a nosotros como un vestido invisible, los que nos aproximan más a la gente. Quizás porque nos definen como lo que en realidad somos: vulnerables.
No entiendo que haya más profundidad en la pena que en la risa, aunque coincido con mi querido hermano en que son los estados de melancolía, de nostalgia, los más fértiles para mostrar lo mejor de nosotros (también en mi caso). Pero me gustaría que de cuando en cuando, en público, también como parte importante de nosotros mismos, nos echáramos unas risas, compartiéramos unas risas.
Y hoy, para tender un puente, no voy a despotricar contra esos energúmenos que se empeñan diariamente en jodernos el día. Me recuerdan esos mensajes en cerámica que hay en algunos baretes y que atraen mi atención en cuanto los veo: “Hoy hace un día espléndido. A que viene un gilipollas y lo jode”. Así de simple, así de rotundo.
Que quede entre nosotros



